Una foto de hace unos años, una canción que sonaba en un viaje, un domingo en el que no había nada que mirar en el móvil. Y de pronto, una punzada: echas de menos a la persona que eras entonces, la que reservaba un fin de semana sin consultar fechas, la que decía «ya veremos» y lo decía en serio. Puede que, además, te dé vergüenza notarlo, como si añorar aquello fuera una forma de renegar de lo que ahora deseas.
Aquí no hallarás nada médico: ni sobre el tratamiento, ni sobre calendarios, ni sobre lo que conviene hacer o dejar de hacer, que corresponde a tu equipo médico. Tampoco se intenta convencerte de que lo de antes valía menos ni de que lo sueltes. Frente a lo que ya se ha escrito en este blog sobre quién eres más allá de ser paciente de fertilidad, sobre los planes aplazados o sobre la pareja, aquí el foco es la nostalgia misma: la de la ligereza y la inocencia que sientes perdidas, y qué hacer con ella sin señalar culpables.
Qué es lo que echas de menos
Cuando dices «antes», quizá no te refieres a un año concreto, sino a una manera de estar en el mundo. Algunas cosas que a veces se añoran:
- Decidir por la mañana qué hacer por la tarde, sin comprobar si encaja con una cita.
- Hablar de tu cuerpo sin un vocabulario prestado de la consulta.
- Creer que las cosas llegan cuando tienen que llegar, sin contarlas.
- Reír en una cena sin vigilar cuándo saldrá el tema.
- Hacer planes con la única condición de que te apeteciera.
Puede que alguna de estas te suene y que otras no, o que lo tuyo sea algo más pequeño, como una forma de vestirte o una costumbre de los sábados. Lo que echas de menos es tuyo y no necesita pasar ningún examen.
La inocencia también se llora
A veces no se nombra una pérdida muy concreta: la de creer que las cosas ocurrirían sin que tuvieras que pensarlas. No tiene fecha, ni informe, ni resultado asociado. Quizá por eso cuesta ponerle nombre, y puede que nadie a tu alrededor sepa que la estás echando de menos.
Llorar esa inocencia no tiene por qué ser ingratitud hacia lo que vives ni una acusación a tu pareja, a tu cuerpo o a ti misma. Es una tristeza con motivo propio, y no necesita una justificación añadida ni un plan para resolverla.
Si esa añoranza pesa tanto que te cuesta atender tu día a día, conviene hablarlo con un profesional de salud mental. El coaching no sustituye la atención psicológica ni médica.
Si hay peligro inmediato, llama al 112 (en España) o a los servicios de emergencia de tu zona; en España, la línea 024 atiende a personas con pensamientos suicidas.
La persona que eras, sin buscar culpables
Con la nostalgia puede llegar la tentación de buscar a quién se la debes: al deseo de ser madre, al tratamiento, a tu pareja, a ti misma por querer algo con tanta fuerza. Echar de menos a la persona que eras no obliga a señalar a nadie, y tu deseo de hijo no tiene por qué ocupar el lugar del acusado.
Quizá la añoranza no apunte a un año ni a un lugar, sino a rasgos tuyos: la curiosidad con la que preguntabas por todo, tu forma de ocupar una tarde libre, la facilidad para decidir sin consultar ningún calendario, un humor que ahora asoma menos. Ponerles nombre con tus propias palabras puede ser una manera de reconocer que aquella persona existió y de tratarla como parte de tu historia, no como una rival de quien eres hoy.
No hace falta convertir esto en un proyecto de recuperación, ni anunciárselo a nadie, ni cumplirlo a rajatabla. Al mirar atrás también puede aparecer algo que entonces te pesaba, y la añoranza no tiene que ser fiel a cada detalle. Hay días en que la nostalgia se queda un rato sin pedirte nada, y otros en que se mezcla con el cansancio de esperar. Nadie puede prometerte que lo de antes regrese tal como era, y hoy tampoco tienes que decidir qué hacer con eso.
Una foto enviada a quien estuvo allí
A veces pensar en el pasado a solas lo vuelve más pesado. Un gesto sencillo con otra persona: elige una foto de «antes» en la que salgas tú, o en la que se vea algo que echas de menos, y envíala a alguien que estuviera en ese momento: una amiga de entonces, un hermano, una prima, tu pareja. No hace falta redactar nada largo; puede ir con una sola línea, como «Mira lo que me he encontrado hoy», o sin ninguna.
No tienes que explicar por qué la mandas ni sacar conclusiones. Si el tratamiento asoma en la respuesta, tú decides si lo atiendes o si hoy prefieres quedarte en el recuerdo. Y si no te apetece enviar nada, la foto puede seguir donde está.
Contárselo a tu pareja
Si tienes pareja, quizá dudes en decir en voz alta que echas de menos el antes, por si pudiera sonar a reproche. Puedes hablar desde el recuerdo y no desde el presente: «Me ha dado por acordarme de aquel viaje sin plan, y me apetecía contártelo». También puedes decir lo que sigue en pie: «Quiero este camino contigo, y a ratos echo de menos cuando íbamos sin agenda».
Puedes preguntarle a tu pareja qué echa de menos, porque quizá guarde un antes propio, distinto del tuyo. El coaching no es terapia de pareja: si la conversación se vuelve difícil, puedes buscar ese apoyo en un profesional.
Preguntas frecuentes
¿Echar de menos mi vida de antes significa que ya no quiero el tratamiento?
No tiene por qué. Añorar algo del pasado no es una decisión sobre el presente ni te obliga a elegir nada. Si dudas sobre seguir, puedes llevar esa pregunta a alguien de confianza o a tu equipo médico.
¿Y si lo que echo de menos no va a volver?
Nadie puede prometerte cómo será lo que viene. Quizá algo no vuelva tal como era, y puedes reconocer esa pérdida a tu ritmo, con tus propias palabras. Si te pesa mucho, puedes llevarla a alguien de confianza o a un profesional.
¿Es mala idea mirar fotos o recuerdos de antes?
No hay una norma. Puedes mirarlas cuando te apetezca y guardarlas si ese día pesan. Lo importante es que seas tú quien decide cuándo y cuánto, sin que nadie te diga si hacerlo está bien o mal.
¿Con quién puedo hablar de esto si mi entorno no lo entiende?
Puedes empezar por alguien que te conociera antes del tratamiento, porque comparte ese recuerdo contigo. Si prefieres un espacio aparte de tu entorno, o si la añoranza te pesa mucho, también puedes buscar apoyo profesional.
Para seguir leyendo, quizá te acompañen cuando sientes que tu vida está en pausa por la búsqueda, recuperar los planes de pareja que no giran en torno al tratamiento, sentir que el tratamiento te está cambiando y el impacto emocional de la infertilidad. Y para lo que echas de menos, María Teresa ofrece la consulta individual: una sesión online de 60 minutos, única, sin compromiso de continuar y sin guion cerrado, para ordenar lo que necesitas ordenar ahora mismo.