Hay una emoción que casi no hace ruido: la que te lleva a decir «estoy bien» antes de que nadie pregunte, a mirar el móvil en la sala de espera o a irte pronto de un sitio sin saber bien por qué. La vergüenza ligada a la infertilidad puede no llamarse así en tu cabeza. A veces es solo un calor en la cara, o unas ganas intensas de que nadie te vea en ese momento.
Este artículo no explica causas, no dice qué es normal en tu caso y no sustituye a tu equipo médico. Tampoco pretende diagnosticar lo que sientes ni convencerte de que no deberías sentirlo. Se queda en otra parte: dónde puede colarse la vergüenza, qué te hace hacer y qué opciones tienes para ponerle voz, si quieres.
No es lo mismo que la culpa
La culpa puede sonar a «he hecho algo mal». La vergüenza puede sonar a «soy yo quien está mal» y, sobre todo, a «que nadie lo vea». Si te reconoces en la primera, quizá te lleve a repasar lo que hiciste o dejaste de hacer; si es la segunda, quizá te empuje a esconderte. Si te reconoces más en la culpa, tienes un texto sobre culpa y autorreproches durante la infertilidad. Y si lo que se mueve es la sensación de estar rota, hay otro sobre autoestima y fertilidad. Aquí miramos la parte de ocultarse.
Dónde puede aparecer
Puede que en ninguno te suene; son solo lugares donde a veces asoma:
- En la consulta: al hablar de tu cuerpo o de tu intimidad ante personas que no conoces, al oír tu historia resumida en pocas palabras o al rellenar un formulario que pregunta por lo que no ha llegado.
- En el vestuario, la piscina o la playa, si sientes que tu cuerpo cuenta algo que no quieres contar.
- En las conversaciones, cuando alguien anuncia un embarazo o habla de sus hijos y notas que te encoges.
- Cuando te preguntan de frente, por ejemplo con un «¿y vosotros para cuándo?», y sientes que todas las miradas se quedan un segundo de más.
- A solas o con tu pareja, al evitar la palabra, al cambiar de canal o al no mirarte.
Las comparaciones
La vergüenza puede alimentarse de comparaciones: con una hermana, con una compañera de trabajo, con alguien que ves en redes, o con la versión de tu vida que imaginabas. Puedes preguntarte de quién es la regla que sientes que incumples. No hace falta responder bien; a veces basta con notar que la regla tiene un origen y que no la escribiste tú.
Cómo puede hacerte callar y aislarte
Si la vergüenza se sostiene en esconderse, quizá dejes de ir a cumpleaños, contestar con monosílabos, cambiar de tema cuando se acerca la conversación, o no contárselo ni a quien más te quiere. Cada una de esas decisiones puede darte un respiro en el momento. Y, a la vez, quizá refuerce la idea de que había algo que esconder.
Esconderte puede ser una manera de protegerte de una mirada que temes. Lo que quizá merece una pregunta es el precio: ¿qué parte de ti se queda fuera de las conversaciones?
Un audio sin destinatario
Un ejercicio posible es hablar en lugar de escribir. Graba un audio solo para ti, sin enviarlo a nadie, y empieza por «Lo que me da vergüenza es…». Sigue hasta que no te quede más por decir, sin cuidar el orden ni el tono. Después puedes borrarlo, guardarlo o escucharlo; nada de eso es obligatorio, y no tiene que salir bien a la primera.
También puedes elegir una de las frases de más abajo y decirla en voz alta a solas antes de decírsela a nadie, para oír cómo suena en tu boca. Si alguna no te representa, cámbiala por otra más tuya o déjala fuera.
Si te apetece una pregunta abierta para cerrarlo, puedes dejar esta: ¿qué querría que alguien supiera de esto? Si te cansa, déjalo y vuelve otro día, o no vuelvas.
Poner voz con una persona segura
Nadie puede prometerte qué cambiará al contarlo. Contarlo es una opción, no una obligación, y puedes decidir cuándo y a quién.
Una persona segura puede ser alguien que respondió bien cuando le contaste otras cosas frágiles, una amiga, quien te acompaña, otra persona que vive algo parecido o un espacio aparte de tu entorno. Puedes empezar por una parte pequeña y ver cómo la recibe antes de contar más. Estas frases puedes usarlas, cambiarlas o dejarlas:
- «Hay algo que me da vergüenza contarte. No necesito consejos, solo que me escuches.»
- «Me escondo más de lo que me gustaría y quería que lo supieras.»
- «Cuando me preguntan por hijos me quedo en blanco. Si me ves callar, no es que no me importe.»
- «Necesito poder decirlo sin que cambie cómo me miras.»
- «Hay una situación concreta que me sigue dando vueltas. Te la cuento y no hace falta que busques arreglarla.»
- «Hoy no me apetece hablar de esto. Me cuesta, y te lo cuento cuando pueda.»
Cuando la vergüenza pesa demasiado
Si notas que la vergüenza ocupa buena parte de tus días, te aparta de lo que antes hacías o te cuesta sostenerla a solas, puedes contárselo a un profesional de la salud mental o a tu médico o médica de cabecera. El coaching no es terapia ni sustituye la atención psicológica o médica.
Si hay peligro inmediato, llama al 112 (en España) o a los servicios de emergencia de tu zona; en España, la línea 024 atiende a personas con pensamientos suicidas.
Preguntas frecuentes
¿Puedo sentir vergüenza aunque no haya hecho nada mal?
Sí. Sentir vergüenza no exige que hayas hecho algo mal, y saber una cosa con la cabeza no siempre cambia lo que sientes. Las dos cosas pueden convivir, y notar la vergüenza no es un fallo tuyo.
¿Y si me avergüenzo incluso de sentir vergüenza?
Puede pasar: sumar una capa más por estar sintiéndola. Puedes tratarla como una emoción que aparece, sin exigirte que desaparezca. Ponerla en palabras, aunque sea en una nota que nadie lea, puede ser un primer paso.
¿Qué hago si me cuesta hasta contárselo a quien me quiere?
Puedes empezar por una parte pequeña, por mensaje o por audio si hablar de frente te cuesta, y decir que es difícil. No tienes por qué contarlo todo ni hoy; la forma y el ritmo los eliges tú.
¿La persona segura tiene que ser alguien de mi entorno?
No. Puede ser alguien cercano, otra persona que vive algo parecido, un profesional o un espacio aparte de tu entorno. Lo importante es que puedas hablar sin sentirte examinada.
Entre lo que sientes y lo que enseñas puede haber una distancia, y no tienes por qué recorrerla de golpe. Si quieres seguir leyendo, están guardar en secreto tu tratamiento de fertilidad: lo que pesa callar y la infertilidad también se vive cuando nadie te ve. Y si prefieres hablarlo con alguien, la consulta individual de María Teresa es una sesión online de 60 minutos, única, sin compromiso de continuar y sin guion cerrado, para ordenar lo que necesitas ordenar ahora mismo.