Estás en la cola de la farmacia, en el vagón de metro o junto a las frutas del supermercado, y un cochecito pasa a tu lado. Nadie ha anunciado nada y nadie te ha preguntado nada. Aun así, de pronto los ojos se te llenan de agua y la garganta se cierra, a veces antes de que hayas entendido qué ha pasado.
Este artículo no explica por qué te ocurre, no dice si es o no motivo de preocupación y no habla de tratamientos ni de plazos: eso es cosa de tu equipo médico. Tampoco intenta que dejes de llorar. Se queda en lo que viene justo después. A diferencia de la guía sobre envidia y dolor ante el embarazo de otras personas, que parte de noticias concretas, y de la de bautizos, cumpleaños infantiles y baby showers, que trata de invitaciones que puedes contestar con tiempo, aquí el dolor llega sin aviso y en sitios donde no has elegido estar.
El minuto en que ocurre
Un dolor que llega sin invitación no deja margen para decidir con calma. Por eso quizá te sirva conocer de antemano algunas opciones, no para usarlas todas, sino para saber que existen. En el momento puedes:
- Salir del sitio: dejar la cesta, ir a la calle o bajarte en la siguiente parada.
- Quedarte donde estás y dejar que las lágrimas sigan su camino, con la mirada en una estantería, en el suelo o en el móvil.
- Buscar un lugar con puerta, como un baño, un portal o el probador de una tienda.
- Escribir a alguien una línea, sin explicaciones: «Me ha pillado por sorpresa. Luego te cuento.»
- Pedir a quien va contigo que te espere un momento, sin más explicación.
- Seguir con lo que estabas haciendo, sin ningún gesto especial.
Ninguna es la correcta. Lo que te sirve un día puede no servirte otro, y cambiar de opción no es incoherencia. Además, puedes irte de un sitio cuando lo necesites, sin dar explicaciones largas.
Luego llega la pregunta práctica: ¿sigo con lo que iba a hacer? Hay quien termina la compra sin más, quien deja la cesta y se va a casa y quien se sienta un rato en un banco antes de decidir. Puedes preguntarte qué parte de lo que tenías pendiente te importa hoy de verdad.
La vergüenza de llorar delante de desconocidos
Llorar en público puede traer una segunda capa: la de sentirte observada. Puedes ir a tu ritmo: secarte las lágrimas, pedir un momento o dejar que el llanto siga mientras esperas tu turno, sin tener que dar explicaciones a nadie.
Si alguien te pregunta si estás bien, no hace falta contar nada. Puedes decir algo verdadero y corto: «Gracias, necesito un momento», «Es un mal día, gracias por preguntar» o, simplemente, «Estoy bien, gracias» si hoy es lo único que quieres decir.
El resto del día después de un momento así
Pasado el rato, puede quedar cansancio o una cabeza que sigue en el cochecito. Puedes decidir qué haces con lo que queda del día sin ponerte una norma: seguir con lo previsto, cambiar un plan por otro más pequeño o dejar para otro día algo que no te apetece. Si tenías un compromiso con otra persona, puedes avisar con una frase verdadera y corta: «Hoy me cuesta un poco; prefiero vernos otro día.»
Si te quedas dándole vueltas, puedes escribir sin enviar la respuesta a una pregunta abierta: ¿qué me gustaría que alguien supiera de este momento? Y si un día te apetece contárselo a una persona de confianza, puedes empezar por algo así: «Hoy me ha pasado en la calle. No necesito consejo, solo que lo sepas.»
Evitar los lugares o seguir yendo
Cuando el dolor aparece dos veces en el mismo sitio, puede surgir otra duda: cambiar de supermercado, de ruta o de horario, o dejar de pasar por el parque. Cambiarlo puede darte un respiro, y puede que a veces haga más pequeño tu día a día. Solo tú sabes cuál de las dos cosas está ocurriendo, y pueden darse a la vez.
Aquí no hay pauta: tú decides. Si te sirven, estas preguntas abiertas pueden acompañarte mientras lo piensas: ¿qué me da este lugar que no quiero perder? ¿Qué me cuesta? ¿Es algo que quiero resolver hoy, o puede esperar?
Avisar a quien te acompaña
Si sales con tu pareja o con alguien de confianza, puedes contarle antes de que ocurra, y no solo después. No hace falta una gran explicación: «A veces me da un bajón de golpe al ver bebés. Si me ves callada, no es por ti.» Y si te ve llorar en pleno momento, puedes decirle lo que prefieras: «Dame un minuto» o «Quédate conmigo, no hace falta que digas nada».
También podéis acordar una palabra o un gesto que signifique «necesito un minuto» sin tener que decir más delante de otras personas. Y puedes pedir algo concreto, porque quien te acompaña quizá no sepa qué necesitas: que te espere fuera, que siga hablando de cualquier cosa, que te abrace o que te deje a tu ritmo. Solo tú sabes cuál de esas opciones quieres hoy.
Cuando pesa más de lo que puedes sostener
Si estos momentos ocupan buena parte de tus días, te apartan de lo que antes hacías o te cuesta sostenerlos a solas, puedes contárselo a un profesional de la salud mental o a tu médico o médica de cabecera. El coaching no es terapia ni sustituye la atención psicológica o médica.
Si hay peligro inmediato, llama al 112 (en España) o a los servicios de emergencia de tu zona; en España, la línea 024 atiende a personas con pensamientos suicidas.
Preguntas frecuentes
¿Puedo llorar aunque no conozca a nadie ni haya pasado nada concreto?
Sí. No hace falta que haya un motivo visible ni una persona conocida: a veces basta un detalle, como un llanto, un cochecito o un gorro. No tienes que justificarlo ni ante ti ni ante nadie.
¿Tengo que explicar lo que me pasa si alguien me pregunta?
No. Puedes responder algo breve y verdadero, como «necesito un momento», y nada más. Si te apetece contarlo, también puedes, pero es una opción, no una obligación.
¿Y si me pasa con el bebé de alguien a quien quiero?
Puede ocurrir. Querer a una persona y dolerte al ver a su bebé pueden darse a la vez, y las dos cosas caben en ti. Qué contacto quieres tener en cada momento lo decides tú.
¿Llorar en público significa que no lo llevo bien?
Este texto no puede decir qué significa tu llanto; puedes hablarlo con alguien de confianza. Si te preocupa cómo te afecta, también puedes comentarlo con un profesional de la salud mental.
Nadie te avisa de esos minutos, y puedes ir armando tu propia manera de pasar por ellos. Para seguir leyendo, están vergüenza e infertilidad: lo que no se cuenta y el impacto emocional de la infertilidad. Para ponerle palabras a estos minutos en un espacio aparte de tu entorno, María Teresa ofrece la consulta individual: una sesión online de 60 minutos, única, sin compromiso de continuar y sin guion cerrado, para ordenar lo que necesitas ordenar ahora mismo.