«¿Por qué a mí?» puede no ser una pregunta que espere un dato. A veces es una protesta, otras una forma de buscar dónde apoyarte cuando lo previsto no llega. Detrás de ella pueden venir otras: si hay un sentido, si algo de lo que hiciste lo explica, si te están poniendo a prueba o castigando.
Aquí no vas a encontrar una respuesta a esas preguntas, ni una explicación médica, ni una doctrina que sustituya la tuya. Tampoco se pretende que creas o dejes de creer nada. El texto está pensado para quien tiene fe, para quien no la tiene y para quien está en medio, y propone maneras de convivir con preguntas que quizá se queden abiertas durante un tiempo.
Una pregunta que no se contesta en la clínica
Al preguntar por qué a ti, puede que preguntes dos cosas distintas. Una es médica: qué ocurre en tu caso, qué se sabe y qué no. Esa pertenece a tu equipo médico, que conoce tu historia. La otra es existencial: por qué te toca vivir esto, qué lugar tiene en tu vida, si encaja en algo mayor. Esa no se resuelve con un informe ni con una cita, y no tienes por qué zanjarla para seguir adelante.
Si la pregunta que te ronda es más bien un reproche hacia ti, como si algo que hiciste o dejaste de hacer lo hubiera provocado, tienes un texto aparte sobre culpa y autorreproches durante la infertilidad. Y si lo que más pesa es no tener una explicación clara, puedes leer no saber por qué: cómo vivir sin explicaciones tras un resultado negativo.
Cuando la fe acompaña y cuando duele
Para algunas personas, la fe es un lugar donde descansar: una oración, una comunidad, un ritual. Si es tu caso, puedes apoyarte en ello sin justificarte. También puede ocurrir lo contrario, y la fe convertirse en fuente de preguntas incómodas o de enfado. Dudar o sentir que algo se ha movido dentro de ti no tiene por qué ser una traición a nada.
Hay comentarios que, aunque se digan con cariño, pueden doler: «es la voluntad de Dios», «Dios sabe lo que hace», «algo querrá enseñarte» o «ya llegará cuando tenga que llegar». Si no crees, puede que te lleguen sus versiones laicas: «el universo te lo tiene preparado» o «tiene que haber una razón». Ninguna te obliga a aceptarla. Y no necesitas darle una explicación a lo que te pasa para poder atravesarlo: puedes convivir con la pregunta sin cerrarla.
Un registro de visitas de la pregunta
En lugar de intentar contestar, puedes observar cuándo viene. En un cuaderno o en la app de notas del móvil, escribe arriba la pregunta tal como te llega, con tus palabras, sea «¿por qué yo?» o «¿qué he hecho mal?». Debajo, cada vez que reaparezca, añade una línea corta con estos datos:
- El momento en que llegó: tras una cita, viendo una publicación, de madrugada.
- Cómo llegó: con enfado, tristeza, cansancio o miedo.
- Qué hiciste con ella: hablarla, dejarla pasar, rezar, salir a caminar.
- Si hubo algo que le quitó peso, aunque fuera un poco.
No se trata de sacar conclusiones ni de medir nada. Pasadas unas semanas, puedes releer la nota y ver si la pregunta viene a los mismos sitios o si algo la alivia. Es una manera de tratarla como una visita a la que escuchas, en vez de como un examen que aprobar. Si releerla te resulta demasiado duro, puedes guardarla y volver más adelante.
Frases verdaderas para cuando el comentario no ayuda
No siempre querrás explicar tu postura sobre la fe o el destino. Puedes quedarte con frases breves que sean ciertas y que marquen un límite sin discutir:
- «Sé que lo dices con cariño, pero esa frase ahora me pesa. Me ayuda más que me escuches.»
- «Mi fe es importante para mí, y justo por eso prefiero no hablar de lo que Dios quiere o no quiere en esto.»
Para plantear estas conversaciones con más calma, tienes cómo hablar de la infertilidad con familia y amistades.
Hablar con quien te acompaña espiritualmente, si lo deseas
Si perteneces a una tradición religiosa o espiritual, quizá tengas a alguien con quien hablar de esto: una persona de tu comunidad, alguien que te guía o una amistad de confianza con quien compartes creencias. No es una obligación y puedes elegir no hacerlo. Si decides acudir, puedes decir de antemano qué buscas: que te escuche, que rece contigo, que te ayude a poner palabras a tus dudas o que no te dé explicaciones. Y si sales sin sentirte escuchada, puedes probar con otra persona o dejarlo para otro día.
Quien no tiene una referencia religiosa puede encontrar un espacio parecido en la escritura o en una conversación con alguien de confianza.
Hablarlo con tu pareja o con quien te acompaña
Las preguntas de sentido pueden vivirse de formas distintas dentro de una pareja o de un círculo cercano: una persona busca consuelo en la fe y otra en el silencio, o una se pregunta por qué y la otra prefiere no preguntarse. Antes de hablar, puedes decidir qué quieres de esa conversación: que te escuchen, rezar o meditar en compañía, o solo contar que hoy la pregunta pesa.
Una frase de apertura posible es «No busco que me expliques nada; quiero contarte lo que me pasa por dentro». Y si tu pareja o quien te acompaña se hace otras preguntas, puedes escucharlas sin necesidad de que coincidan con las tuyas. Compartir una duda no obliga a nadie a resolverla.
Cuando la pregunta pesa demasiado
Si las preguntas te ocupan tantas horas que te cuesta trabajar o estar con otras personas, o si sientes una tristeza o una desesperanza que se mantienen, merece la pena contárselo a un profesional de salud mental o a tu médico o médica de cabecera. El coaching es un acompañamiento no clínico: no diagnostica, no trata trastornos y no sustituye la atención psicológica o médica. Si hay peligro inmediato, llama al 112 (en España) o a los servicios de emergencia de tu zona; en España, la línea 024 atiende a personas con pensamientos suicidas.
Preguntas frecuentes
¿Dudar de mi fe por esto significa que era débil?
No hay una medida única de cómo se vive la fe en un momento difícil. Puede tambalearse, transformarse o mantenerse, y cualquiera de esos movimientos puede convivir con el dolor. Si te inquieta, hablarlo con alguien de tu confianza puede ayudarte a ordenarlo.
¿Puedo estar enfadada con Dios y seguir creyendo?
Puedes sentir enfado y mantener tus creencias, o replantearlas, o no saber todavía qué piensas. El enfado no te pide una decisión inmediata. Algunas personas lo comparten con quien las acompaña espiritualmente; otras prefieren escribirlo antes.
¿Qué respondo si me dicen que es un castigo o una prueba?
Puedes no responder, o usar una frase tuya y breve: «Prefiero no verlo así». No tienes que dar explicaciones ni convencer a nadie. Y no necesitas aceptar esa lectura para que tu dolor sea legítimo.
¿Y si no creo en nada y aun así me hago estas preguntas?
Preguntarse por el sentido no depende de tener una religión. Puedes hacértelas desde cualquier lugar, y tampoco tienes que obtener una respuesta para seguir con tu vida.
Tus preguntas no son un fallo que haya que corregir, y quizá no necesiten un veredicto, sino un lugar donde poder decirlas en voz alta sin que nadie las resuelva por ti. Puedes leer también sobre el impacto emocional de la infertilidad y, para poner en orden lo que sientes y las conversaciones con tu entorno, María Teresa ofrece una consulta individual de coaching de fertilidad: una sesión online de 60 minutos, única y sin compromiso de continuar.