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Preocupación · ser minimizada · consulta

Cuando te dicen que no es nada y a ti te pesa

Entre la frase tranquilizadora y lo que sientes puede abrirse una distancia incómoda. Aquí se mira esa distancia, la duda sobre ti misma que deja y cómo pedir una explicación sin discutir lo clínico.

Por María Teresa Ramos Martínez ·

«No es nada». «Ya verás como no pasa nada». Son frases que a veces buscan aliviar, y pueden llegar al final de una consulta o en mitad de una comida familiar. Tú sales con algo que no cabe en esa frase: la preocupación sigue ahí y, además, tiene un añadido incómodo, la duda de si lo que sientes es demasiado.

Aquí no encontrarás ninguna opinión sobre qué importa o no importa en un caso clínico, ni sobre de qué conviene preocuparse: eso lo valora tu equipo médico, que conoce tu historia. Tampoco se juzga a nadie. Junto a lo que cuentan Hablar de tu búsqueda de embarazo con tu ginecóloga de siempre, Sentirte un número en la clínica: cómo pedir el trato que necesitas y Opiniones médicas contradictorias: cómo decidir cuando cada profesional dice algo distinto, aquí la atención se queda en lo que te queda dentro después de que te minimicen. El coaching no es terapia ni sustituye la atención médica o psicológica.

La distancia entre la frase y lo que sientes

A veces el «no es nada» llega como una valoración y como un cierre de la conversación. La valoración pertenece a quien la hace. El cierre es lo que puede chirriar, porque la inquietud no desaparece por orden de nadie. Qué mueve a cada persona a decirlo queda fuera de este texto; lo que sí está a tu alcance es qué haces tú con lo que te llega.

No hace falta tener razón en lo clínico para estar preocupada. Los datos médicos siguen siendo cosa de tu equipo; tu inquietud, en cambio, puedes decirla tal como es.

A veces el «no es nada» llega justo cuando acabas de reunir el valor para decir lo que te inquieta. Entonces la frase cierra la puerta que acababas de abrir, y puede quedarte la sensación de haber gastado esa valentía para nada. Haberlo dicho sigue contando, aunque la conversación no tuviera hueco para ello, y puedes volver a decirlo otro día, con otras palabras o con otra persona.

Cuando te minimizan y empiezas a dudar de ti

Después de un «no es nada» pueden aparecer pensamientos como estos:

  • «Seguro que estoy exagerando».
  • «Si fuera importante, ya me lo habrían dicho».
  • «Debería estar tranquila y no puedo».
  • «No quiero ser la paciente pesada».

Tienen algo en común: ponen en ti el problema de que la preocupación siga ahí.

Después de una minimización, lo más pesado a veces llega horas más tarde, ya en casa. Repasas la conversación, buscas qué pudiste decir de otra manera y te preguntas si el problema era tu pregunta. Quizá no se lo cuentas a nadie, porque ya te han dicho que no es para tanto, y la preocupación se queda contigo, en silencio. Cargar sola con ella cansa, y ese cansancio forma parte de lo que te pesa. Puede que empieces a medir lo que dices antes de decirlo, o a callarte para no parecer insistente, y que esas dudas sean, en parte, la huella de haber hablado y no haberte sentido escuchada.

Si esto ocurre en las primeras visitas, hay más sobre los nervios en Primera consulta de fertilidad: cómo cuidar los nervios.

Pedir que te expliquen, sin discutir lo clínico

Hay una diferencia entre rebatir un criterio y pedir que te lo expliquen. Lo primero es un terreno que no te toca ganar; lo segundo es una petición razonable, y puedes quedarte en ella. Pedir una explicación puede ser una forma de entender el porqué.

Una sola frase puede bastar, dicha con tus palabras: «¿Qué ve en mi caso que le lleva a decirme que no hay de qué preocuparme?». Puedes preguntar a tu clínica si te pueden dar la respuesta por escrito, o pedir que te la repitan. Si la respuesta no te llena, puede darte información sobre cómo te sientes. Para ver qué hacer cuando lo que te llega no encaja, hay ideas en los textos enlazados arriba sobre el trato y sobre las opiniones distintas.

La voz de tu entorno

En la familia o entre amistades, la frase pudo llegar con cuidado y, aun así, dejarte sola con lo que sientes. Puedes contarles lo que necesitas oír en lugar de esperar que lo adivinen. Antes de empezar, puedes decir: «No necesito que me digas que no es nada; necesito que me escuches un rato».

Cuando cada conversación termina igual, puede entrar la tentación de dejar de mencionarlo, y entonces la preocupación se convierte en un asunto que llevas tú sola. Decir «me importa, aunque a ti no te lo parezca» también es una manera de seguir presente en tu propia historia.

Si cada vez que lo cuentas a alguien recibes lo mismo, puedes decidir contárselo menos a esa persona, sin que sea un reproche. No todas las personas sirven para todas las conversaciones, y eso no resta valor a ninguna de ellas.

Con quién hablarlo

Contarle una preocupación a alguien puede devolverte otra ronda de tranquilización. Quizá lo que buscas sea distinto: alguien que sepa quedarse con lo que dices sin apresurarse a quitártelo. Puede ser una amistad concreta, una persona de tu confianza o un espacio aparte de tu entorno donde la preocupación no tenga que justificarse. A veces ayuda elegir un momento y una persona, en lugar de repartir la inquietud en pedazos entre todo el mundo. La elección es tuya y puede cambiar de una conversación a otra.

Y si llevas tiempo con una preocupación que no se mueve, que te desborda, puedes consultarlo con un profesional de salud mental o con tu médico de cabecera, que podrá orientarte.

Preguntas frecuentes

¿Cómo sé si estoy exagerando?

Este texto no puede valorarlo: lo clínico es terreno de tu equipo médico. Puedes llevar tu preocupación tal como la sientes, decir con tus palabras lo que te inquieta y pedir que te expliquen lo que no entiendas.

¿Qué hago si sigo inquieta después de que me expliquen?

Puedes decírselo a tu equipo con esas mismas palabras y preguntar a quién acudir con la duda. Puede pasar que sigas inquieta tras una explicación, y decirlo no es molestar. También puedes buscar un espacio aparte de tu entorno para ordenar lo que sientes.

¿Puedo sentirme dolida por una frase que querían amable?

Sí. Tu dolor no necesita que la otra persona tuviera mala intención. Puedes reconocer que la frase pudo llegar con cuidado y que a ti te dejó sola con la preocupación. Decírselo, si quieres, puede ser una forma de cuidar el vínculo.

¿Con quién hablo si mi entorno siempre me dice lo mismo?

Con alguien que sepa escuchar sin apresurarse a quitarte la preocupación: una amistad concreta, una persona de confianza o un espacio aparte de tu entorno. También puedes pedir de antemano que te escuchen sin tranquilizarte.

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